
Cincuenta días después de la Pascua, Jesús envió a los apóstoles su mismo espíritu, el espíritu santo. Éste había sido prometido por Dios desde los tiempos de los profetas.
Es el mismísimo Dios, revelado en la persona santificadora del Espíritu. Mediante el bautismo, el hombre es ungido con el espíritu, de manera que recibe a Dios es su corazón, participando de su divinidad; gracias a la muerte y resurrección de Jesús y el envió del Espíritu, los hombres poseemos la gracia divina. De alguna manera, podríamos decir que Dios se hizo Hombre, para que el Hombre se haga Dios…
Por el espíritu santo, somos Iglesia.
Además, el Espíritu Santo nos regala siete dones:
-Sabiduría: gusto para lo espiritual, capacidad de juzgar según la medida de Dios.
-Conocimiento: permite comprender y profundizar las verdades reveladas.
-Ciencia: Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador.
-Consejo: Ilumina la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma.
-Piedad: Sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios como Padre y para con los hermanos como hijos del mismo Padre.
-Fortaleza: Fuerza sobrenatural. Para obrar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las contrariedades de la vida. Para resistir las instigaciones de las pasiones internas y las presiones del ambiente. Supera la timidez y la agresividad.
-Temor de Dios: Temor a ofender a Dios, humildemente reconociendo nuestra debilidad. El alma se preocupa de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada.
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